por Shlomo Abas
Había una vez un justo, anciano, querido y respetado por todos. Venían a él hombres y mujeres a confesarse sobre los pecados, pedir su bendición y aprender de sus consejos. Una vez vinieron dos mujeres. Se confesó una de ellas sobre un pecado cometido y le dijo al justo: "Ya fui a pedir perdón por parte del hombre al que le hice mal, pero a pesar de ello, mi conciencia no me da descanso. El hombre acepto mis disculpas, pero quien sabe si D´s me perdonó. Fue muy grave el pecado que cometí y mi pedido es que también D´s me perdone." El justo se quedó pensando. Luego, se dirigió a la otra señora y le preguntó: "¿Y tú?" Contestó: "Yo sólo acompañé a mi amiga, la que se confesó hace apenas un instante." Le preguntó el justo: "¿Y qué deseas?" "Recibir tu bendición". "Muy bien", dijo el justo, "te doy mi bendición. Parece que no tienes necesidad de confesarte". Dijo la señora: "No hay cosa alguna que pese sobre mi conciencia, gracias a D´s. Si pequé, estos pecados son sólo pecados pequeños, pequeñas faltas, y no vale la pena que pierdas tu tiempo escuchándome."
Le dijo el justo a la primera de las mujeres: "Vi que se rindió tu corazón ante D´s, y por ello, haz esto hija mía: Sal más allá de la verja de mi casa. Busca y trae una piedra grande y pesada cuanto puedas resistir. Pues es grande el pecado que cometiste." Y a la segunda dijo: "Sal tu también y junta pequeñas piedras, pues tus pecados fueron pequeños. " Salieron ambas e hicieron lo solicitado. Volvió una y trajo la piedra grande, y la segunda trajo una bolsa llena de piedras pequeñitas. El anciano observó la piedra grande y las pequeñas y dijo: "Hicieron bien. Y ahora por favor, devuelvan la piedra grande y las pequeñas que recolectaron justo en el lugar original y vuelvan a verme, entonces les diré mis palabras."
Fueron las dos e hicieron según solicitara el anciano. La primera encontró fácilmente el lugar de donde extrajo la piedra grande y la depositó allí. La segunda caminó y trabajó y no pudo encontrar de ninguna manera todos los exactos lugares de donde extrajo cada una de las piedras. Volvió a ver al anciano con algunas de las piedras. Le dijo el viejo: "Ahora les diré mis palabras. Tú, la primera, depositaste la piedra grande en su lugar, pues recordaste de donde la sacaste. Así también en cuanto a tu pecado: Recordaste tu gran pecado y torturaste por ello a tu alma. Te avergonzaste de tu pecado y quisiste arrepentirte, y no te avergonzaste en confesarte ante mí. D´s te perdonó." "Y tú, la dueña de las pequeñas piedras, cometiste al parecer pequeños pecados, que no pesaron sobre tu corazón y no te causaron dolor, y no te acordaste de ellos y no te arrepentiste por haberlos cometido. No arreglaste los hechos que cometiste y tal vez les reprochaste a los demás sobre sus pecados. ¿Cómo habrá D´s de perdonarte?"
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